
En ese fin de semana, casualmente se hacía una fiesta en la zona arqueológica de la zona. La misma consistió en que cada pueblo bajó con sus danzas tradicionales, sus vestidos de mejores galas, un shot de color inesperado. La fiesta fue magnífica, auténtica, nada montada para el turista (por cierto, éramos unos pocos extraños observando la íntima alegría de esas comunidades).